de León Arsenal
Ahora que la gran crisis está destapando todas nuestras mentiras y vergüenzas como país, no dejamos de conocer por la prensa datos que nos llenan de sonrojo. Por ejemplo que España tiene 52 aeropuertos frente a los 39 de Alemania. Absurdo, dado que Alemania no solo es bastante más próspera que España. También es un país más extenso y además casi nos duplica en cuanto a población.Aduce alguno que la orografía española es más escabrosa. Es cierto. Somos el segundo país más montañoso de Europa y los desplazamientos en ciertas zonas son más difíciles. Pero es lo mismo que pasa con la fibra óptica. Es verdad que cablear España sale más caro que hacerlo en Francia o en Alemania, justo por culpa de la geografía. Pero eso no justifica la diferencia de precios en los servicios de ADSL.
No solo son muchos aeropuertos. Encima pocos dan beneficios y muchos son del todo superfluos. Los hay que han estado funcionando bajo mínimos, con uno o dos vuelos semanales que ni siquiera eran en realidad comerciales, ya que estaban subvencionados por la región o el municipio de turno. Uno de esos aeropuertos, el de Castellón, jamás ha visto posarse o despegar un avión de sus pistas.
Pero esa locura de obras públicas no se queda en lo aeroportuario. Por desgracia, es solo lo más llamativo. A ello hemos de sumar esa otro desatino que ha sido la política ferroviaria. Durante los años de la burbuja este país se ha llenado de AVEs y estaciones sin sentido. Trazados ruinosos y paradas absurdas ejecutadas solo para halagar la vanidad de determinadas poblaciones.
Y si vamos aún más abajo, tenemos por todas partes espacios públicos, auditorios, polideportivos edificados sin ningún criterio de sostenibilidad. Gran número de municipios se encuentran ahora con equipamientos desmesurados para su número de habitantes y recursos. Edificios de los que se envanecían hace nada y que ahora no saben cómo mantener abiertos y funcionando.
Cargos públicos irresponsables han llenado el país de obras faraónicas que ahora están cerrando por falta de dinero. España se aproxima casi a una nueva Era de las Ruinas. Es posible imaginar toda una geografía de edificios públicos abandonados. Y, por supuesto, aquellos cargos públicos que los levantaron no tendrán que responder ni penal ni patrimonialmente por su falta de previsión.
Pero todo esto, ¿es solo culpa de una clase política irresponsable y derrochadora?
La ciudadanía tiene también una responsabilidad mucha clara en este desastre. Pongamos como ejemplo el pueblo X y dos aspirantes a alcalde. Uno de ellos defendía unas finanzas sostenibles, una acción razonable, acorde a las posibilidades del municipio. El otro ofrecía construir un auditorio, un museo y tres piscinas olímpicas, no importa que el pueblo tuviera poco más de mil habitantes. ¿A quién votaba la gente? Al segundo. Y este, una vez elegido, se dedicaba a recalificar como loco para pagar lo prometido. Y lo construyó, sí. Pero ahora ahí están esos equipamientos, camino de ser grandes mamotretos vacíos de cemento resquebrajado.
Los propios ciudadanos hemos propiciado una selección negativa dentro de la clase política. Hemos aupado a los que nos prometían toda clase de lujos asiáticos: aeropuertos en cada provincia, paradas de AVE en cada capital, auditorios en cada pueblo y macrohospitales en todas las comarcas. A los sensatos, con sus planes grises, los hemos relegado. Los hemos echado.
Las cigarras ganaron a las hormigas, amigos, porque fuimos nosotros los que jaleamos e incluso pedimos sus cantos.
Ahora toca pagar la juerga. Ha llegado el invierno y los graneros están vacíos. Y de paso convendría hacer un examen de conciencia a fondo. ¿Qué necesitamos mejores políticos, mejores jueces? Sin duda. ¿Partidos políticos que crean en la democracia como sistema y no como tablero de juego? Por supuesto. ¿Otra Constitución, mejores leyes, mejores instituciones? Desde luego.
Pero también tenemos que asumir nuestras responsabilidades individuales y colectivas en este desastre. Como ciudadanía, los españoles no hemos estado a la altura. Yo no sé si es que hemos perdido o que nunca hemos tenido. Si es un problema de decadencia o de inmadurez. Tal vez sea una decadencia colectiva, producto de la inmadurez de un gran número de individuos.
Que de esa inmadurez tiene buena parte de culpa este sistema, estas estructuras y nuestra clase política es cierto. Pero es vale como análisis, no como excusa. Para salir de este atolladero es necesaria una recuperación económica. Pero eso no basta. Hay que forjar una conciencia cívica que cada vez está más ausente, tanto en los individuos como en el colectivo. De lo contrario, aunque vengan nuevas épocas de prosperidad las malgastaremos de la misma forma que la última, y solo serán islas de bonanza ilusoria entre dos mares de miseria.


Martina Schmieder


Es claro que los politicos son solamente una caricatura absurda lo que existe en la sociedad: busqueda de diversión constante, busqueda de la riqueza total, del glamour y falta de valores, de contenido, de solidaridad, de modestia y de escuchar.. Here, there and everywhere
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