El pasado mes de febrero, en su intervención en la cuadragésimo quinta Conferencia de Seguridad de Munich, Joseph Biden, el actual Vicepresidente de los Estados Unidos, confirmó las positivas expectativas que la presidencia de Obama había abierto para las relaciones entre su país y la UE. La retórica allí utilizada recordó a la de los “viejos buenos tiempos” entre una y otra orilla del Atlántico norte. “Al compartir ideales –señalaba Biden- y buscar socios en un mundo más complejo, americanos y europeos todavía se miran unos a otros antes de mirar a cualquier otro”1. El mensaje es bien claro: hemos de afrontar tiempos difíciles y, bajo estas circunstancias, es más imperativo que nunca “trabajar juntos, construir juntos, mantenerse juntos (stand together)”. Nada podía ser más grato a los oídos europeos que esta declaración de sintonía entre el mensaje de la nueva administración americana y las propias inquietudes y deseos de Europa. Después de la maltrecha relación que dejara tras de sí la unilateral conducta de la administración Bush, paliada en parte durante los últimos años a medida que se fue renovando el liderazgo en algunos de los países centrales de la UE, como Alemania y Francia, todo parece indicar que habrá un antes y un después de Obama en el vínculo trasatlántico.Detrás de las declaraciones y de los buenos deseos se esconden, sin embargo, una serie de dudas, incógnitas y problemas que habrán deberán ser despejados en los próximos años.

A efectos puramente esquemáticos y analíticos, podemos abordarlos a partir de las siguientes cuestiones: (1) El qué de la relación trasatlántica, el objeto del vínculo; o, lo que es lo mismo, ¿cuál es la agenda sobre la que hemos de trabajar juntos, y cuál es el orden de prioridades que cabe establecer dentro de ella? (2) El quién de la misma; ¿quién ha de cooperar con los Estados Unidos, la UE como un todo o los diferentes países de forma coordinada? Dependiendo del objeto de la cooperación, cuál habrá de ser la relación de la UE con los Estados Unidos y con terceros países? (3) Esta última (Para el traductor/a, el original: “In sharing ideals and searching for partners in a more complex world, American and Europeans still look to one another before they look to anyone else”) cuestión nos remite inmediatamente al cómo de la relación, mediante qué prácticas e instituciones puede la UE hacer más efectivo y profundo el vínculo trasatlántico. ¿Nos sirven las instituciones de las que ya disponemos a estos efectos, o será necesario diseñar otras nuevas? ¿Cuál es el papel del liderazgo (leadership), tanto por una parte como por la otra, a la hora de gestionar esta nueva fase de las relaciones? Cubriendo a cada una de estas dimensiones subyace la gran pregunta que condiciona todas las demás: ¿cuál será la eficacia de las nuevas pautas de la colaboración? Y, va de suyo, que esto depende de dos factores: de la propia vertebración interna de la UE en torno a una política exterior común, y, ante todo, del grado de prioridad que la cooperación con la UE tenga dentro de la propia política exterior de los Estados Unidos. Por muy imperiosa e imprescindible que nos parezca la necesidad de cooperación, al final la gran incógnita es si existe o no la suficiente voluntad para llevarla a cabo. Veamos con más detalle las cuestiones mencionadas, fijándonos en los problemas que pueden suscitarse dentro de cada una de ellas.

El objeto de la relación trasatlántica:
Desde luego, no es mi objetivo aquí abordar todo el elenco de materias en las que se hace imprescindible la cooperación, ni aventurar hipótesis sobre cuáles se verán más o menos favorecidas en esta nueva etapa. Salta a la vista que, junto a las tradicionales cuestiones de interés mutuo, sobre las que ya había habido importantes avances en la cooperación –seguridad, cambio climático, Oriente Próximo, Afganistán, Kosovo, etc.- han aparecido nuevos desafíos que hacen más necesario que nunca potenciar los mecanismos de acción concertada. Me refiero, claro está, a la formidable crisis financiera mundial, que ha derivado en una crisis económica global y que requiere una acción concertada, tanto en el interior de la UE, como por parte de los otros grandes actores económicos. Así lo ha manifestado también explícitamente el Vicepresidente de los Estados Unidos en la conferencia ya mencionada, subrayando la fuerte implicación de Obama en la próxima reunión del G-20 en Londres. Esto suscita el tema de la creación de un Nuevo Orden Económico Mundial, que hasta ahora nunca había sido abordado con la seriedad que merece.

A la vieja agenda se superpone ahora una nueva,aunque ambas parecen seguir el ritmo de una novedosa melodía en la que la sintonía valorativa a ambos lados del Atlántico favorece un mejor clima de entendimiento. Lo más novedoso de la situación actual es, en efecto, el retorno de los Estados Unidos a un mayor compromiso con la perspectiva que, al menos en teoría, había marcado desde siempre la relación trasatlántica. A saber, el empeño por guiar sus relaciones mutuas y su política exterior a partir de un cuerpo de valores compartido y mediante instituciones mutuas. La administración Obama ha optado de forma explícita por el multilateralismo – en palabras de Biden se concreta en la fórmula de que “trabajaremos asociadamente siempre que podamos, solos únicamente cuando debamos”-, por el respeto a los derechos humanos, la potenciación de la democracia y la ayuda al desarrollo, así como por la búsqueda de soluciones a algunos de los principales males globales, como la pobreza, el calentamiento global, o la incomprensión entre civilizaciones y culturas, con particular énfasis sobre el mundo musulmán. Todos estos fines y los valores que les subyacen encajan como un guante en la propia imagen que Europa tiene de sí misma. Y es aquí, en la recomposición del campo de los valores y fines de la nueva administración estadounidense, donde probablemente se nutre la esperanza europea en la rehabilitación del nexo trasatlántico. Estos valores sirven también para introducir algo así como un criterio hermenéutico a la hora de establecer cuál deba ser la actitud de ambas partes ante cada una de las materias objeto de la cooperación. No deja de ser simbólico que la primera manifestación de este reencuentro haya sido la cuestión de Guantánamo y la petición por parte de los Estados Unidos de que Europa se haga cargo de algunos presos internados en dicha base militar. ¡Bienvenida sea la cooperación si a través de ella podemos ayudar al aliado estadounidense a desprenderse de la parte menos grata de la herencia de Bush!

La vieja agenda
El aliento que la nueva administración estadounidense recibirá de la UE se extenderá sin duda a la mayoría de las cuestiones de la “vieja agenda”. En particular respecto de aquéllas sobre las que hay un amplio consenso entre una y otra parte en lo que hace a su
Traduc.: “We will work in partnership whenever we can, alone only when we must”.
importancia y urgencia; también por tratarse de asuntos que no podrán encontrar una solución satisfactoria sin dicha acción concertada. Entre éstos, y sin establecer un orden de prioridad específico, puede mencionarse, en primer lugar, el conflicto de Oriente Próximo, que tras la invasión israelí de Gaza y las nuevas elecciones en Israel exige un nuevo esfuerzo por potenciar la convivencia entre israelíes y palestinos, para lo cual será imprescindible coincidir en la persecución de soluciones comunes, como la creación de un Estado palestino o la marginación política de Hamas en beneficio del presidente Abbas. La sintonía de la UE al respecto contrasta, sin embargo, con una visión más tímida y pendiente de los intereses israelíes por parte de la administración Obama.En Afganistán es muy posible que se alcancen acuerdos satisfactorios para ambas partes, aunque la posición alemana, muy condicionada por el rechazo popular interno a la presencia de tropas en ese país, seguramente diverja del resto. Es obvio que la fuente de este conflicto está conectada decisivamente a Paquistán y a la necesidad de una política común para combatir el terrorismo islamista. De la experiencia habida resulta imprescindible un replanteamiento completo de la estrategia militar en Afganistán, que se habrá de vincular a medidas dirigidas a una mayor vertebración política del país y, llegado el caso, incluso poner en cuestión la presidencia de Karzai.La íntima conexión e interpenetración de las principales bases talibanes en el área que linda con provincias pakistanís obligan a emprender una acción coordinada con los líderes de este país, que a su vez se encuentra en una difícil situación política interna. Frente a la clara implicación europea en Afganistán, no esta claro, sin embargo, cuál haya de ser el papel de la diplomacia europea con respecto a Pakistán, que goza de una relación directa con Washington en la que los europeos apenas intervienen. Con todo, la cuestión derivada del combate contra el terrorismo islamista trasciende el estricto marco geográfico de Afganistán y las provincias pastunes de Pakistán.

Existe ya al respecto una adecuada y bien lubricada relación intra-europea dirigida a coordinar las políticas de prevención del terrorismo, que podría verse muy beneficiada mediante una mayor coordinación con las que están en marcha en los Estados Unidos. El vínculo entre servicios secretos de uno u otro lado del Atlántico permanecerá, pero su eficacia, así como la eficacia general de este combate frente a un difícil y esquivo enemigo, sólo
encontrará una solución satisfactoria si los Estados Unidos se aproximan al enfoque que los europeos tienen de la cuestión. Es decir, a su tratamiento como un problema de seguridad interno que debe ser abordado desde una perspectiva global; no como una difusa “guerra contra el terror”, por seguir con la denominación que le asignara la administración Bush. Esta misma definición del problema es lo que permitió un inadmisible uso de medios contra el terrorismo en clara violación de los principios del Estado de derecho. Del mismo modo que la demonización genérica del Islam y la retórica del “choque de civilizaciones” favoreció la corriente de simpatía de la que ha gozado Al Queda por parte de un importante sector de la población musulmana en el mundo. A este respecto, la iniciativa hispano-turca de una Alianza de Civilizaciones que contribuya a un mayor acercamiento cultural entre los dos mundos, el occidental y el musulmán, es un primer paso en lo que debería ser una verdadera estrategia de aproximación de posiciones mediante el mayor diálogo e interacción posible entre ambas culturas. A pesar de ello, y para que este proceso cobre una verdadera eficacia, es imperativo que Occidente busque resolver de la manera más satisfactoria posible el conflicto palestino-israelí antes mencionado, ya que es allí donde brotan los mayores humores anti-occidentales en las sociedades islámicas.

Esto nos permite enlazar con otro de los grandes problemas en los que la relación trasatlántica deberá jugar un papel imprescindible, el caso de Irán. La predisposición del gobierno de Obama de iniciar contactos con este país para evitar su proliferación nuclear no controlada abre una gran ventana de oportunidad para trabajar conjuntamente en la resolución de uno los conflictos que hoy por hoy parecen más difíciles de abordar. Entre otras razones, por la propia tozudez del régimen de Ahmadineyad y su hasta ahora firme intransigencia cara a permitir inspecciones internacionales de sus instalaciones nucleares. Para conseguirlo resultará imprescindible buscar consensos con otros Estados como Rusia y China, integrados ya en el grupo E3+3. Éste es, no hace falta decirlo, uno de los focos críticos para la seguridad internacional, no ya sólo porque conecta directamente con el siempre enredado conflicto árabe-israelí o el de Irak, e incluso de Afganistán, sino por su misma ubicación en un lugar geoestratégico central, el Golfo Pérsico.

Las relaciones con Rusia y China serán también claves para medir si efectivamente vamos a entonar una nueva melodía en la relación trasatlántica. En lo que hace a la primera, la reciente reunión de los ministros de Asuntos Exteriores de la OTAN en Bruselas confirmó algunas de las expectativas del nuevo clima que Washington quiere introducir con Rusia. El acuerdo de reanudar formalmente el Consejo OTAN-Rusia, que se vio interrumpido tras la invasión rusa de Georgia, es un buen síntoma de que los Estados Unidos y sus aliados europeos están en una nueva senda a este respecto. Así se manifiesta también en la decisión de reestablecer reuniones al más alto nivel entre la OTAN y Rusia en la próxima cumbre de la Alianza de Jefes de Estado y de Gobierno de esta organización que tendrá lugar en próximo mes de abril. Es un gesto importante para sacar a Rusia de su aislamiento después de los acontecimientos de Osetia del Sur y Abjacia, aunque ello no signifique ninguna aceptación tácita de la nueva estrategia de Rusia dirigida a interferir en cualquier alteración del status quo en sus fronteras inmediatas. La también reciente sugerencia de Hillary Clinton de tratar con los rusos del asunto del asunto del escudo de misiles puede interpretarse como otro gesto en esta dirección. De todas formas, las relaciones con el gigante del este europeo no se reducen, claro está, a cuestiones de seguridad.

La dependencia energética de Rusia de numerosos países europeos obligará al continente a buscar algo más que acuerdos bilaterales entre Moscú y cada uno de ellos. En general, el común interés de los Estados Unidos y Europa por estabilizar las relaciones mutuas es decisivo para la resolución de la mayoría de las cuestiones internacionales. Las relaciones con China se han visto recientemente como una posible causa de fricciones entre Estados Unidos y sus aliados europeos. Hay diferentes perspectivas en lo que se refiere a qué actitud adoptar ante las violaciones de los derechos humanos en el país, que de hecho parece preocupar más a la opinión pública occidental que a sus gobiernos, y, en general, en lo concerniente al seguimiento de las reglas internacionales por parte del gigante asiático. Pero la mayor causa de fricción seguramente sean las cautelas de los Estados Unidos ante un potencial competidor global, un nuevo hegemon cuyo papel futuro se percibe como una amenaza, algo que no es compartido por los gobiernos europeos. No será fácil llegar aquí a consensos definitivos, pero no debería ser excesivamente costoso el buscar un acuerdo en la dirección de integrar a China en algunas de las instituciones globales clave, como la Agencia Internacional de Energía
Atómica. Su presencia –y la de la India- entre el grupo de “Estados emergentes” convierten a éstos en una prioridad estratégica en la nueva gobernanza mundia.

La nueva agenda
La necesaria colaboración en la actual crisis económica abre ya un escenario totalmente distinto y con escasos precedentes en las relaciones entre Europa y la UE. El rasgo más característico de esta crisis estriba, además, en la ausencia de recetas de política económica claras e indiscutibles sobre cómo abordarla. Pero sí ha sacado a la luz algo que venía repitiéndose machaconamente por parte de cualquier observador de la globalización, la necesidad de un nuevo orden mundial capaz de preservar un mínimo de acción colectiva común, de gobernanza global. El contraste entre la interdependencia creciente en todos los ámbitos de la sociedad trasnacional y la ausencia de medios políticos para afrontarlos ya ha estallado ante nuestros ojos. La consecuencia de todo ello es que hemos tomado conciencia de que “no hay nadie al mando”, nadie con capacidad para afrontarla con un mínimo de capacidad política para infundir la confianza perdida. Bajo estas condiciones, la cooperación internacional deja de ser una opción para convertirse en una necesidad apremiante. Y quienes deben marcar la pauta y reinstaurar la confianza perdida son, como es lógico, los principales actores económicos. La profundidad del envite supera a nuestros dos protagonistas, Estados Unidos y la UE, que habrán de incorporar a esta tarea a tantos otros Estados como sean necesarios. Pero sin la colaboración entre aquellos no se conseguirá instaurar el orden que requieren estos nuevos tiempos. El momento es arriesgado y fascinante a la vez, aunque, como luego veremos, no está claro que la UE hable aquí con una sola voz. Antes de la reunión del G-20 no tiene mucho sentido aventurar cuáles vayan a ser sus resultados.

Es posible que volvamos a meras declaraciones formales, como en la reunión de Washington o, por el contrario, que de ella salga un mensaje alto y claro de unión acompañado de medidas de acción coordinadas. Lo decisivo en todo caso es que de forma paralela a la gestión de la crisis por parte de cada uno de los Estados, se pueda aprovechar la coyuntura para abordar la ya inevitable cuestión de la gobernanza económica global. Con una importante coda. Las consecuencias de la crisis se harán sentir de forma más acusada en aquellos países y zonas geográficas ya de por sí castigadas por la pobreza, el desempleo y la incapacidad para competir en la economía internacional. Si al final damos el paso hacia un nuevo orden económico internacional, la renovada eficacia de la acción política global deberá ir de la mano de una mayor solidaridad con los más menesterosos, un exquisito respeto de los derechos humanos, de las peculiaridades culturales y la preservación de nuestro medio para las generaciones futuras.
Los “bienes públicos globales” no se reducen una nueva gestión de la crisis económica mediante el establecimiento de reglas para el comercio internacional o el sistema financiero, abarcan también cuestiones tales como el mantenimiento de la paz y la prevención de conflictos o el combate contra la delincuencia internacional, en particular el tráfico de drogas; la lucha contra el calentamiento global y otras cuestiones ambientales; la imprescindible superación de la pobreza; la fijación de reglas para las migraciones; y un largo etcétera. Y en este empeño es donde la nueva administración americana seguramente encuentre un imprescindible aliado en la UE, porque, no nos equivoquemos, la reforma que para ello se requiere de las organizaciones internacionales –o el diseño de otras nuevas- precisa de un liderazgo internacional que hoy por hoy sólo puede ser impulsado eficazmente a partir del diálogo trasatlántico.